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Lemona es una villa pequeña, con un campo de fútbol de nombre largo pero tamaño reducido. Su palco de autoridades, con apenas diez localidades, es quizá el más pequeño de la Segunda B, pero quien a él acude debe comportarse con el respeto y la educación propias del lugar y del anfitrión, no como un vulgar palurdo de ciudad que se cree por encima de otros. O que, simplemente, carece de los modales precisos para representar a la institución que por desgracia hoy dirigen. La actitud de los miembros del consejo de administración del Real Oviedo en Lemona deja, siendo optimistas, mucho que desear. Gritos, saltos, aspavientos, quejas. Todo un repertorio de malos modos cuando se ejercía la representación del Real Oviedo (institución que no merece caer tan bajo).
Y con el colofón del espectáculo circense del presidente del equipo en el pasillo bajo la grada del campo, gritando para que lo escuchase quien quisiese que sabe mucho de fútbol, que este jugador (de su equipo, "señor" presidente) es un paquete, que aquel no vale, que esto lo arreglo yo... Bravuconadas de un ignorante de lo que su cargo requiere, que ante todo es prudencia y educación. Pero da la sensación de que todo lo aprovechable que de este consejo se podía sacar ya ha salido a escena. El viernes acudían en masa a pagar a los jugadores al Requexón: pasando por el despacho, de uno en uno, y sin eso tan antiguo que se llama transferencia, billetada en mano, como en las ferias de ganado.
En el partido ante el Amurrio, el presidente perdió el camino al palco y preguntaba por dónde se iba. Ahora se ha perdido más que eso, se ha perdido la educación y el sentido común. ¡Pobre Oviedo!